Octubre, mes del Santo Rosario: María, un camino que nos conduce a Jesús

Octubre ocupa un lugar especial en la espiritualidad católica. Es el mes del Santo Rosario, una oración profundamente arraigada en la vida de la Iglesia y estrechamente vinculada a la Virgen María.
Pero ¿por qué los católicos damos tanta importancia a María? ¿Por qué acudimos a ella y rezamos el Rosario?
La respuesta puede resumirse en una idea sencilla: porque María siempre nos conduce hacia su Hijo.
El centro de nuestra fe no es María. El centro es Jesucristo. Él es nuestro Salvador y el único mediador entre Dios y los hombres, como enseña san Pablo:
«Hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús.»
1 Timoteo 2:5
Precisamente por eso la auténtica devoción mariana nunca termina en María. Comienza junto a ella para contemplar a Cristo.
María nos dice: «Haced lo que Él os diga»
Hay una escena del Evangelio que resume maravillosamente el papel de María en nuestra vida espiritual: las bodas de Caná.
Cuando se acaba el vino, María percibe la necesidad antes incluso de que se lo pidan y se dirige a Jesús:
«No tienen vino.»
Juan 2:3
Después pronuncia unas palabras que podríamos considerar el corazón de toda verdadera devoción mariana:
«Haced lo que Él os diga.»
Juan 2:5
María no dice: miradme a mí.
Nos dice: escuchad a Jesús.
No nos retiene junto a ella. Nos lleva hacia Él.
Esta es una de las razones por las que María tiene tanto valor para nosotros los católicos. Cuando acudimos a nuestra Madre, le pedimos que nos acompañe, que interceda por nosotros y, sobre todo, que nos enseñe a seguir a Cristo.
El Rosario es, en realidad, contemplar a Jesús
Pero si lo rezamos verdaderamente, descubrimos algo mucho más profundo.
El Rosario es una contemplación de la vida de Jesucristo acompañados por María.
En los misterios gozosos contemplamos su Encarnación y su infancia. En los luminosos, su vida pública. En los dolorosos, su Pasión y muerte. Y en los gloriosos, su Resurrección y la esperanza de la vida eterna.
Incluso el Ave María tiene su raíz en las Escrituras.
El ángel Gabriel saluda a María:
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
Lucas 1:28
Y posteriormente Isabel, llena del Espíritu Santo, proclama:
«Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.»
Lucas 1:42
Ese fruto bendito es Jesús.
Por eso, cuando repetimos el Ave María mientras contemplamos los misterios, el nombre hacia el que continuamente regresamos es precisamente Jesús.
María fue la primera que dijo sí
Hay otra razón profunda por la que María es tan importante para nuestra fe.
Cuando Dios la llama, ella responde:
«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
Lucas 1:38
Ese sí de María permitió que Cristo entrara en la historia humana de una manera única.
Y quizás ahí encontramos una de las enseñanzas más hermosas que María puede ofrecernos: aprender a decirle sí a Dios, incluso cuando no comprendemos completamente lo que está sucediendo.
María conoció la alegría, pero también la incertidumbre, la huida, la pobreza, la preocupación por su hijo y finalmente el dolor inmenso de verlo crucificado.
Y permaneció allí.
«Junto a la cruz de Jesús estaba su madre.»
Juan 19:25
María no estuvo solamente en Belén cuando nació Jesús. Estuvo también en el Calvario cuando murió.
«Ahí tienes a tu madre»
Precisamente desde la cruz sucede algo especialmente significativo para la espiritualidad católica.
Jesús ve a María y al discípulo amado y dice:
«Mujer, ahí tienes a tu hijo.»
Y después al discípulo:
«Ahí tienes a tu madre.»
Juan 19:26-27
El Evangelio añade que, desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.
La tradición católica ha visto en ese discípulo algo que va más allá de una situación familiar: una imagen de todos los discípulos de Cristo.
Por eso nosotros también recibimos a María como Madre.
No como una diosa.
No como sustituta de Cristo.
No como alguien a quien adoramos.
La adoración pertenece únicamente a Dios.
A María la amamos y veneramos, y le pedimos que interceda por nosotros porque es la Madre de Jesús y nuestra Madre en la fe.
María también oraba con la primera Iglesia
La presencia de María tampoco termina con la muerte y Resurrección de Jesús.
Después de la Ascensión encontramos a los apóstoles reunidos en oración:
«Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús.»
Hechos 1:14
Qué imagen tan hermosa.
La primera comunidad cristiana está esperando la llegada del Espíritu Santo y María está allí, orando con ellos.
También nosotros podemos hacer lo mismo: reunirnos espiritualmente junto a María para pedir que el Espíritu Santo transforme nuestra vida.
María no es el destino; nos señala el camino
Hay que decirlo claramente porque incluso entre cristianos existen malentendidos sobre la devoción católica a la Virgen.
Los católicos no adoramos a María. Adoramos solamente a Dios.
Tampoco creemos que María pueda salvarnos independientemente de Cristo.
La salvación viene de Jesucristo.
Pero creemos que podemos pedir la intercesión de María de la misma manera que pedimos a otras personas que oren por nosotros, reconociendo en ella un lugar absolutamente singular: es la madre de nuestro Señor.
Isabel misma pregunta:
«¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?»
Lucas 1:43
Por eso una auténtica devoción a María debería producir siempre un efecto muy concreto en nuestra vida:
amar más a Jesús.
Si rezamos el Rosario pero no nos acercamos a Cristo, algo nos está faltando.
Si rezamos el Rosario y comenzamos a comprender mejor el Evangelio, a perdonar, a amar, a confiar y a buscar la voluntad de Dios, entonces estamos comprendiendo su verdadero sentido.
Este octubre, toma el Rosario y camina con María hacia Jesús
Quizá llevas mucho tiempo sin rezarlo.
Quizá alguna vez lo rezaste mecánicamente y terminaste abandonándolo.
O quizá estás atravesando un momento difícil y ni siquiera sabes qué decirle a Dios.
Entonces no necesitas empezar con grandes propósitos.
Toma simplemente el Rosario.
Contempla un misterio.
Pronuncia lentamente el nombre de Jesús.
Y pídele a María:

Madre, acompáñame. Enséñame a conocer a tu Hijo. Ayúdame a confiar en Él y a hacer lo que Él me diga.
Porque esa es, finalmente, la esencia de la devoción mariana.
María estuvo junto a Jesús desde Nazaret hasta el Calvario. Estuvo con sus discípulos en oración y continúa siendo para los católicos modelo de fe, de entrega y de confianza en Dios.
Por eso, durante este mes del Rosario, no se trata simplemente de rezar más a María.
Se trata de aprender, junto a María, a amar más profundamente a Jesús.
Oración final
Santísima Virgen María,
Madre de Jesús y Madre nuestra,
toma nuestra mano y condúcenos hacia tu Hijo.
Enséñanos a decir sí cuando Dios nos llame,
a confiar cuando no comprendamos
y a permanecer firmes cuando llegue la dificultad.
Intercede por nuestras familias,
por nuestros hijos, por quienes sufren
y por aquellos que se han alejado de Dios.
Que cada Ave María que pronunciemos
nos acerque un poco más a Jesús
y que, siguiendo tu ejemplo,
podamos decir cada día:
“Hágase en mí según tu palabra”.
Amén.


