Católicos y Cristianos

Católicos y otros cristianos: ¿por qué estamos divididos y tiene sentido atacarnos por nuestra fe?

Quien pasa algún tiempo en redes sociales hablando de religión probablemente se haya encontrado con algo doloroso: cristianos atacando a otros cristianos.

Católicos contra protestantes. Evangélicos cuestionando a los católicos. Católicos respondiendo con dureza. Debates sobre la Virgen María, los santos, el Papa, la Eucaristía, la Biblia, las imágenes, la salvación o la Iglesia verdadera que comienzan como conversaciones sobre la fe y terminan, demasiadas veces, en insultos y descalificaciones.

Y entonces surge una pregunta que merece una reflexión sincera:

¿Tiene sentido que quienes afirmamos seguir a Jesucristo terminemos tratándonos como enemigos?

La respuesta no consiste en fingir que nuestras diferencias no existen. Existen, tienen historia y algunas afectan cuestiones fundamentales de la fe. Pero quizá podamos aprender a defender aquello que creemos sin olvidar cómo nos pidió Cristo que tratáramos al prójimo.

Primero: ¿somos todos cristianos?

En su sentido más amplio, el cristianismo reúne distintas comunidades que reconocen a Jesucristo como Señor y Salvador. Dentro de él existen tres grandes familias históricas: la Iglesia católica, las Iglesias ortodoxas y las múltiples tradiciones nacidas de la Reforma protestante, de las cuales posteriormente surgieron numerosas denominaciones.

Por eso, decir “católicos y cristianos” puede generar cierta confusión.

Los católicos también somos cristianos.

Sería más preciso hablar de católicos y otros cristianos, o de católicos, ortodoxos, protestantes y evangélicos.

Todos compartimos elementos esenciales: la figura de Jesucristo, las Sagradas Escrituras, la oración y, en las principales tradiciones cristianas, la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Pero también existen diferencias importantes.

¿Por qué nos dividimos?

Estas divisiones no aparecieron de un día para otro.

Durante los primeros siglos del cristianismo ya existieron debates teológicos intensos. Con el paso del tiempo se produjeron grandes rupturas históricas.

En el año 1054 se suele situar simbólicamente el llamado Cisma de Oriente y Occidente, que consolidó la separación entre la Iglesia de Occidente, vinculada a Roma, y las Iglesias ortodoxas orientales.

Siglos después, en el XVI, llegó la Reforma protestante, asociada especialmente a Martín Lutero y posteriormente a otros reformadores. De aquel proceso surgieron distintas comunidades protestantes y, con el transcurso de los siglos, numerosas denominaciones cristianas.

Las causas fueron religiosas, doctrinales, políticas, culturales e históricas.

Por eso nuestras diferencias actuales tienen detrás siglos de acontecimientos que no pueden reducirse simplemente a decir: “ellos están equivocados y nosotros tenemos razón”.

Conocer la historia ayuda a comprender por qué hemos llegado hasta aquí.

¿En qué se diferencia principalmente el catolicismo?

Para un católico, la fe cristiana no descansa únicamente en una interpretación individual de la Biblia.

La Iglesia católica reconoce la Sagrada Escritura y la Tradición Apostólica, interpretadas auténticamente por el Magisterio de la Iglesia.

También reconoce siete sacramentos, entre ellos la Eucaristía, en la que creemos que Cristo está verdadera, real y sustancialmente presente.

Reconocemos asimismo el ministerio del Papa como sucesor de Pedro y principio visible de unidad de la Iglesia.

Tenemos una profunda devoción por María, Madre de Jesús, a quien veneramos, pero no adoramos. La adoración pertenece únicamente a Dios.

También veneramos a los santos y pedimos su intercesión, entendiendo que la comunión de los creyentes no desaparece con la muerte.

Estas creencias distinguen claramente al catolicismo de muchas comunidades protestantes y evangélicas.

¿Y qué creen los protestantes y evangélicos?

Aquí es importante evitar generalizaciones.

No existe una sola “Iglesia protestante”. Dentro del protestantismo encontramos luteranos, anglicanos, reformados, bautistas, metodistas, pentecostales y muchas otras comunidades, con diferencias importantes entre ellas.

Muchas tradiciones protestantes conceden a la Biblia una autoridad normativa única o suprema de una manera distinta a la comprensión católica de Escritura, Tradición y Magisterio.

También existen diferencias respecto a los sacramentos, la autoridad del Papa, la veneración de María y los santos, el ministerio sacerdotal y la comprensión de la Eucaristía.

Por eso, antes de criticar lo que “creen los protestantes” o lo que “creen los católicos”, deberíamos preguntarnos algo muy sencillo:

¿Realmente conocemos lo que el otro cree?

Muchas discusiones religiosas nacen precisamente de combatir una caricatura de la fe del otro.

Podemos defender nuestra fe sin atacar

Un católico no tiene por qué renunciar a sus convicciones para respetar a un protestante.

Y un protestante tampoco necesita abandonar las suyas para tratar con respeto a un católico.

El diálogo auténtico no significa afirmar que todas las doctrinas son idénticas.

Respetar no es relativizar.

Podemos creer firmemente que algo es verdadero y, al mismo tiempo, escuchar al otro, estudiar sus argumentos y reconocer aquello que compartimos.

De hecho, conocer profundamente nuestra propia fe debería hacernos menos vulnerables a las discusiones superficiales.

Cuando sabemos por qué creemos en la Eucaristía, por qué veneramos a María, cuál es el fundamento de los sacramentos o cómo entiende la Iglesia la sucesión apostólica, no necesitamos responder con agresividad.

Podemos explicar.

Podemos dialogar.

Podemos preguntar.

Y también podemos escuchar.

Jesús no pidió que nos reconociéramos por nuestros ataques

Hay unas palabras de Cristo que deberían acompañar cualquier discusión entre cristianos:

“Que todos sean uno” (Juan 17,21).

Y también:

“En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os tenéis amor los unos a los otros” (Juan 13,35).

Esto no elimina las diferencias doctrinales.

Pero sí debería hacernos pensar en la manera en que las discutimos.

¿Qué testimonio damos cuando alguien que no cree observa a dos cristianos insultándose por internet?

¿Qué estamos defendiendo si para defender nuestra fe terminamos humillando al otro?

Podemos ganar una discusión y perder completamente el espíritu del Evangelio.

También debemos aprender a distinguir crítica de ataque

No toda discrepancia es intolerancia.

Un católico puede explicar por qué no comparte determinadas doctrinas protestantes. Un protestante puede explicar por qué cuestiona una enseñanza católica.

Eso forma parte del diálogo religioso.

El problema aparece cuando dejamos de discutir ideas y comenzamos a despreciar personas.

Decir:

“No comparto esa interpretación y estas son mis razones”

no es lo mismo que decir:

“Tú eres ignorante porque crees eso”.

Una conversación busca comprender.

Un ataque busca derrotar.

Y probablemente necesitamos más de la primera y mucho menos del segundo.

Antes de criticar otra religión, conozcamos profundamente la nuestra

Quizá este sea uno de los mayores desafíos para nosotros.

Muchas veces sabemos explicar mejor lo que supuestamente hacen mal los demás que las razones profundas de nuestra propia fe.

Antes de entrar en una batalla religiosa en las redes sociales podríamos preguntarnos:

¿He leído realmente los Evangelios?

¿Conozco el Catecismo de la Iglesia Católica?

¿Comprendo por qué la Iglesia enseña aquello que estoy defendiendo?

¿He estudiado la historia del cristianismo?

¿Sé distinguir entre lo que realmente cree otra comunidad cristiana y lo que alguien me contó sobre ella?

La fe no debería tener miedo al conocimiento.

Al contrario.

Cuanto más conocemos nuestra fe, más profundamente podemos vivirla y mejor podemos explicarla.

La unidad no significa uniformidad inmediata

El diálogo entre cristianos no pretende borrar mágicamente siglos de diferencias.

Existen cuestiones teológicas muy importantes que continúan separándonos.

Pero podemos comenzar por reconocer algo fundamental: delante de nosotros no siempre hay un enemigo. Muchas veces hay simplemente otra persona que, desde una tradición diferente, está intentando acercarse a Dios.

Eso merece, como mínimo, respeto.

Y quizá también curiosidad.

Preguntar al otro “¿por qué crees eso?” puede abrir una conversación completamente diferente a decirle “estás equivocado”.

¿Qué pasaría si nos conociéramos mejor?

Quizá descubriríamos que tenemos diferencias más profundas de lo que imaginábamos.

Pero también podríamos descubrir que compartimos mucho más de lo que pensábamos.

Podemos hablar de Jesucristo.

Podemos leer juntos el Evangelio.

Podemos ayudar al necesitado.

Podemos defender la dignidad humana.

Podemos acompañar al que sufre.

Podemos orar.

Y podemos hacerlo sin ocultar aquello que nos diferencia.

Porque el respeto verdadero no consiste en borrar nuestra identidad.

Consiste en poder decir:

“Esta es mi fe. Quiero conocerla profundamente, vivirla con coherencia y compartirla contigo. Pero también quiero escucharte y comprender por qué tú crees de manera diferente”.

Una reflexión final

Tal vez el mundo no necesite más cristianos capaces de ganar discusiones religiosas.

Tal vez necesite cristianos capaces de vivir aquello que predican.

Como católicos podemos amar profundamente nuestra Iglesia, defender nuestra doctrina, estudiar nuestra tradición y proclamar nuestra fe sin convertir al otro en enemigo.

La verdad no necesita insultos.

La fe no necesita odio.

Y defender nuestras convicciones no nos autoriza a perder la caridad.

Podemos debatir.

Podemos discrepar.

Podemos incluso afirmar con claridad aquello que consideramos verdadero.

Pero nunca deberíamos olvidar que delante de nosotros hay una persona.

Y si ambos decimos seguir a Cristo, quizá antes de atacarnos deberíamos volver juntos a sus palabras:

“Que todos sean uno”.

Oración por la unidad de los cristianos

Señor Jesús,

Tú conoces nuestras diferencias, nuestras heridas y las divisiones que durante siglos han separado a quienes creemos en Ti.

Enséñanos a buscar la verdad sin orgullo,
a defender nuestra fe sin despreciar,
a escuchar sin miedo
y a hablar sin herir.

Ayúdanos a conocer profundamente nuestra propia fe
y a acercarnos a los demás con respeto y caridad.

Que nuestras diferencias nunca sean una excusa para el odio.

Que sepamos reconocerte en cada persona que sinceramente te busca.

Y que llegue el día en que podamos comprender plenamente tu oración:

“Padre, que todos sean uno”.

Amén.

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